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Jesús Escobar
Jesús Escobar
Conductor de espacios informativos
octubre 23, 2018

El Trump que llevamos dentro

El triste periplo iniciado por miles de Centroamericanos nos muestra lo mejor y peor del ser humano, pero también es la crónica de un desastre anunciado. La situación que priva en Honduras, Guatemala, El Salvador es insostenible, la violencia, pobreza, el hambre, abandono, son el mejor ejemplo de estados fallidos, corruptos, en donde el crimen organizado manda, en donde la corrupción es la norma. No hay condiciones de poder tener una vida plena para muchas personas.

Antes hablábamos de una migración eminentemente económica, ahora vemos cómo la violencia ha sido una causa recurrente que ha elevado el número de centroamericanos que están iniciando la peligrosa ruta México-EUA, donde enfrentan situaciones de reclutamiento forzoso, secuestros, torturas, violaciones.

Vamos parte por parte…

Honduras es el segundo país más pobre de la zona, sufre de una distribución de ingresos “extraordinariamente desigual” y de un desempleo desenfrenado. La presencia generalizada de las pandillas alimenta la inestabilidad y el sufrimiento. Los delincuentes han extorsionado a los hondureños para que paguen un “impuesto de guerra” si quieren sobrevivir y aquellos que no entregan el dinero suelen ser asesinados.

El Salvador se encuentra “cercado por una de las tasas de homicidio más altas en el mundo” y por las bandas criminales generalizadas. Durante las últimas décadas, las duras condiciones económicas y los desastres naturales también han contribuido a que los salvadoreños huyan a Estados Unidos. El ingreso nacional bruto, per cápita: es de tres mil 920 dólares. Y la población por debajo de la línea de pobreza es de 38.2 por ciento.

En Guatemala, casi la mitad de los niños menores de cinco años sufren de desnutrición crónica, una de las tasas de desnutrición más altas en el mundo. Más de la mitad del país vive en la pobreza y el 23 por ciento en condiciones de extrema pobreza, lo que significa que esas personas sobreviven con menos de 1.25 dólares al día.

Como diría el periodista Diego Petersen, no es una caravana migrante, es un éxodo, un éxodo de miles de personas que huyen. Nadie deja su terruño porque sí, lo abandonas porque ya no hay más para ti, porque te obligan de una forma o de otra. La crisis migrante llega en un momento complicado por el cambio de Gobierno en México, y con un presidente de EUA que, lo único que quiere, es utilizarlo políticamente, mostrando su característica bajeza y vulgaridad.

Trump está utilizando este tema con el objetivo electoral de fortalecer a los republicanos en las próximas elecciones legislativas. Incluso ha dicho, sin ninguna evidencia, que hay miembros de grupos terroristas del Oriente Medio viajando en la caravana migrante centroamericana. Pamplinas. Pura manipulación política. Lo que está explotando Trump es el miedo de los residentes a que llegue gente de otros países en una nación donde todos, a excepción de los indígenas norteamericanos, son descendientes de migrantes.

La tesis es el mismo que con las drogas. Migración o tráfico de estupefacientes son fenómenos globales que tienen que ver con una necesidad y un mercado; pero Estados Unidos prefiere que la guerra en contra de ambos fenómenos se dé en nuestro territorio, no en el de ellos. Es una postura hipócrita ya que, sin eximir de responsabilidades a los gobernantes locales, las políticas económicas dictadas desde Washington, para sus propios intereses, son el factor determinante para observar este drama del siglo XXI.

Este problema no es exclusivo del continente americano. Europa sufre hoy por hoy situaciones idénticas, provenientes de África, la respuesta de Francia, Alemania e Italia ha tratado de ser diferente, sin embargo, no es sencillo, porque al final la cobija no alcanza para todos, por lo que el auxiliar a los migrantes se convierte en un caldo de cultivo perfecto para el discurso xenofóbico, racista, clasista y la llegada al poder de personajes como el empresario neoyorkino.

Hemos visto memes, videos, tweets de mexicanos verdaderamente penosos, que llaman a matar a los hondureños, que muestran fotografías que solo buscan generar odio, animadversión sobre los centroamericanos. Ojo, nadie pide que se olviden de atender las necesidades de la población local, pero una cosa no está peleada con la otra. De la pobreza indignante de Chiapas, Oaxaca, no son culpables los miles de desamparados que se agolparon en la frontera, sino gobiernos corruptos que no hemos combatido por desidia, cobardía o indiferencia.

Hay quien dice por qué llegaron miles, cómo se organizaron, la caravana fue planeada así para enfrentar la pesadilla que es el cruce por México, la frontera sur es porosa, entra y sale de todo, si hubieran querido entrar de 10 en 10 lo hubieran hecho sin problemas, pero prefirieron agruparse de esta forma para protegerse.

Enojarse porque dieron portazo, perdón, pero es ridículo. En el fondo es el racismo del mexicano el que habla, ese racismo que llevó a varios a apoyar a Trump en campaña, a justificar como viles Ministerios Públicos de barandilla la separación de familias, que encerrara a connacionales como animales. Ese sector de nuestro país que nos recuerda la excelsa novela del maestro Luis Spota ¨Casi el Paraíso¨, somos muy duros con la pobreza, pero nos hincamos ante los ojos azules, aunque sean de un hijo de golfa.

Lo que molesta es la pobreza, porque un hondureño rico no molesta a nadie, un guatemalteco con dinero tampoco, mucho menos un salvadoreño, aunque fueran delincuentes, aunque violentaran nuestras leyes para hacer negocios.

En México el racismo es una cuestión estructural ejercida a diario y de la que nadie escapa; sin embargo, al ser confrontados con esta realidad los mexicanos muestran sorpresa y argumentan “nosotros no somos racistas”. Ahora resulta que les importan los indígenas que a diario ignoran, que ven feo, a los que hacen menos, que quisieran que no existieran.

Esta crisis no se resolverá en el corto plazo, si no se logra un acuerdo con Estados Unidos y Canadá para dar una respuesta conjunta a este éxodo de la pobreza, lo que tendremos en los próximos meses, la peor crisis humanitaria en la frontera sur desde los años de la guerrilla centroamericana.

La única estrategia es buscar el desarrollo y la construcción de sociedades más justas, para evitar que la desesperación siga expulsando a las personas. Y, en esa tarea las potencias, tendrían que involucrarse en un esfuerzo unido. Insisto, no será sencillo, pero es el costo de la decencia; el costo de no querer ser como Trump. Aunque tal vez haya millones de mexicanos que, como millones de gringos, sean empáticos con el autócrata, que provocó las burlas en la ONU, y prefieran el cierre de la frontera sur, mostrando el Trump que llevan dentro.