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Jesús Escobar
Jesús Escobar
Conductor de espacios informativos
agosto 23, 2018

Entre el malo y el pior

Mucho hemos discutido y analizado el arrollador triunfo de MORENA, el pasado primero de julio, sus porqués. Nadie duda del carisma de AMLO, pero tampoco podemos soslayar el cansancio de la gente ante una clase política podrida.

Vamos a centrarnos en dos personajes, el presidente Peña Nieto y el ex jefe de Gobierno Mancera, quienes encabezaron administraciones fracasadas, alejadas de la gente, que provocaron un repudio total en las urnas.

Tanto Enrique como Miguel se parecen, son superficiales, banales al momento de ejercer el poder, no ven más allá de lo que sus asesores les describen, son necios ante una realidad que les escupe sangre ante sus cifras alegres en materia de seguridad, o se ríe de sus combates a la pobreza. Pero ellos vivieron en su México, en los pinos amurallados, en ese país vanguardista, moderno, donde no hay hambre, no hay rezagos, donde los empleos son perfectos, esa ciudad segura, tranquila, llena de percepciones. Vaya par.

Mancera se equivocó tanto como pocas veces puede equivocarse un político en su vida. Se alió al Gobierno Federal para gobernar con comodidad. Empujó una mal calculada alianza con Ricardo Anaya. Y el último clavo se peleó con el mismo AMLO.

Paga su mal cálculo cada vez más aislado. Un puñado de leales le acompañan a una travesía que no está clara y está sembrada de rumores. Unos dicen que su equipo prepara un periódico; otros, la toma definitiva de lo que queda del PRD para cobijarse con un membrete descolocado.

Convirtió a la Ciudad de México en un escenario para las marcas y ante los cuestionamientos eligió para sí mismo el papel del incomprendido. Los ejemplos más recientes fueron la ciega defensa de sus pilares policiacos: no aceptó errores en la detención de una persona acusada de asesinato incluso después de que se probara que ese ciudadano estaba en el extranjero cuando se cometió el delito. Semanas después, en el caso del joven Marco Antonio, salió tarde y mal a cantinflear a la defensiva.

El policía metido a político que no aprendió a dialogar con los vecinos, el jefe de una entidad que se deslumbraba, una y otra vez, ante famosos y poderosos.

Se afanó en tener una constitución sólo para luego abandonar a su criatura en la boca de los lobos de la Asamblea Legislativa, que han legislado en contra de la letra y del espíritu de lo que quiso que fuera su legado.

Aún falta, para dimensionar las virtudes y los estropicios de un modelo de gobernar que tuvo en la privatización de espacios públicos y no pocos servicios, su columna vertebral. Hoy es senador.

Peña, por su parte, camina hacia el retiro de oro. Su objetivo era tomar el poder, no conservarlo. Su sexenio se esmeró en ser el sino el más corrupto si el más cínico, en donde la ley se aplicaba a los enemigos del señor presidente no a los culpables.

Una hoja casi en blanco. Ése es el balance contra la corrupción en el gobierno de Peña Nieto, que cierra con miles de carpetas de investigación en el armario de la PGR, en espera de verse si las resucita el próximo gobierno o deja que se pudran.

La impunidad es el sello de un sexenio dominado por escándalos sobre enriquecimiento inexplicable, tráfico de influencias y escándalos de desviación de recursos públicos en un desorden institucional de instrumentos para combatirlo.

En muchos sentidos ha sido un sexenio peligroso. Para los ciudadanos de a pie, a quienes les toca padecer la inseguridad y la violencia que se vive en México, particularmente incrementadas en los últimos cinco años con ocho meses. 131 mil muertos en seis años.

Convirtió a este país en el más peligroso para el ejercicio del periodismo, y ni se inmuta.

De igual manera empresarios nacionales y extranjeros han visto menguar sus ganancias cuando debido a la inseguridad, la extorsión y el secuestro, han debido de detener la actividad empresarial y comercial en algunas ciudades de la República.

Incluso para la clase política ha sido peligroso, durante la última jornada electoral, la del 1 de julio de 2018, se sentó un precedente: más de 100 candidatos asesinados. La mayoría de ellos aspirantes a cargos de elección locales.

¿Alguno de los dos pagara por el desmadre que dejaron?