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Jesús Escobar
Jesús Escobar
Conductor de espacios informativos
julio 19, 2018

Esclavitud

En México, hay trabajadores que viven en condiciones de esclavitud, aunque esta se esconda o se simule bajo el manto de una libertad laboral que en realidad no existe. Lo triste es que la inmensa mayoría de estos casos se realiza en los hogares de las clases medias y altas de todas las ciudades del país.

Mujeres, buena parte de ellas niñas o adolescentes, que migran del campo, huyendo de la miseria se trasladan a las ciudades para dedicarse a las labores domésticas por sueldos bajísimos. Alojadas en cuartuchos oscuros, segregadas de la vida de la familia que las emplea, con horarios de sol a sol o más, sin prestación alguna, muchas veces alimentadas de las sobras de lo que comen sus patrones.

Otras viven en los cinturones de miseria de las ciudades, por lo que tienen que desplazarse varias horas para llegar a sus empleos de “entrada por salida”, a trabajar por horas pagadas como se pagarían minutos en los países desarrollados.

La mayoría ganan por día menos de los que obtendrían por dos horas de trabajo en los empleos peor pagados de los Estados Unidos y se enfrentan también al maltrato, la humillación y el racismo de sus empleadores.

Tampoco tienen forma de acceder al seguro social o a una afore, a menos que se encuentren con una patrona con especial conciencia social que esté dispuesta a invertir tiempo y recursos ingentes en lograr la afiliación voluntaria al IMSS o en apoyarla para que abra una cuenta voluntaria de ahorro para el retiro.

Prácticamente ninguna tiene un contrato escrito que estipule obligaciones y derechos. Expulsadas del sistema educativo precisamente por su condición de mujeres, apenas si están alfabetizadas, lo que les impide todavía más defender sus derechos.

La pobreza extrema, que atenaza a un cuarto de la población mexicana, hace que sean fácilmente sustituibles, pues hay miles de chicas y mujeres dispuestas a tener al menos ese ingreso miserable en esas precarias condiciones laborales, frente al hambre que impera en las zonas rurales con mayor población indígena.

La legislación mexicana ha sido omisa sobre los derechos de esos casi dos millones y medio de personas, el 90 por ciento mujeres. Si bien abre la posibilidad del seguro voluntario, las excluye, de todas formas, de buena parte de las prerrogativas laborales que sí tienen los trabajadores industriales o de comercio.

De entrada, esto marca ya una violación a los derechos constitucionales a la no discriminación por razones de sexo u origen étnico. Son consideradas como una excepción y ocupan el estrato más bajo de la pirámide social de las ciudades del país. Es intolerable que la legislación mexicana solape esta forma de esclavitud contemporánea.

Sin embargo, en lo que esperamos que los legisladores o el estado se ponga la pilas, voltea a ver a este sector de la población que muchos de ellos explotan en sus propias casas, valdría preguntarnos como sociedad si cada uno de nosotros se preocupa por esa persona que trabaja para nosotros, que hace lo que uno evita, nos quejamos de nuestros empleos, pero reproducimos el ¨gandallismo¨ en nuestras paredes.

El cambio también debe ser cultural, pues en el trato que reciben las trabajadoras del hogar se refleja la terrible estratificación social que caracteriza a nuestra comunidad nacional y que debería ser intolerable.