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COLUMNAS: La Última...
Jesús Escobar
Jesús Escobar
Conductor de espacios informativos
septiembre 25, 2018

México: un cementerio que sangra

El drama de los desaparecidos en México parece una historia interminable de terror. Ya no causa sorpresa enterarse de la aparición de una nueva fosa, no hay estado donde no se haya reportado algo parecido, nuestro país está convertido en cementerio clandestino. Cada 72 horas, se reporta en los medios de comunicación que se descubrió una fosa clandestina.

Es triste, vergonzoso e indignante ver el sufrimiento de madres, esposas, familias, que, con sus propios recursos, se lanzan en busca de los restos de los suyos, siquiera para saber en dónde quedaron, para enterrarlos y tener un cierre a un periplo lleno de lágrimas, dolor, abandono y vulnerabilidad.

Mujeres que rascan la tierra, que buscan entre olores nauseabundos, que deben de aguantar a autoridades cínicas, rebasadas, que lanzan campañas de desprestigio a los colectivos solo por interés político, a ese nivel llega su mezquindad. Son miles, miles de mexicanos que nadie sabe dónde están, que un buen día, por ser parte del narco, por no pagar una extorsión, por estar en el momento y lugar equivocados, fueron levantados por esas bestias que, apoyados por políticos y empresarios amorales, han teñido de sangre el territorio. Miles de vidas que son arrojadas sin culpa alguna al anonimato, miles de hogares destruidos. La compasión no existe. Hoy cualquiera puede morir asesinado, es mentira que solo a los malos les pasa. La dignidad humana se encuentra bajo acecho.

Los criminales, incluso, rentan propiedades que convierten en casas de seguridad, en morgues clandestinas.

Tráilers deambulando por los caminos con una carga tétrica, cientos de cadáveres sin rostro, no se sabe si eran padres, gente trabajadora. Niños que, a su corta edad, vieron truncada su existencia porque tuvieron la pésima fortuna de nacer en un país sin ley ni autoridades. Las autoridades decidieron mostrar el catálogo de ropa encontrada en Veracruz, es aterrador, harapos, zapatos, ropa interior, gorras, entre ellas una camiseta diminuta, unos zapatos de 17 centímetros y un balón blanco con azul.

Me imagino a este pequeño saliendo de su casa con su juguete favorito, el que no suelta, el que lo hace soñar en convertirse en su ídolo de las canchas, con el que pasa el tiempo mientras sus padres buscan la forma de salir adelante, con el que sonríe, con el que lo asesinaran sin deberla ni temerla. No sabemos dónde ni cuándo murió este niño, ni siquiera hemos sido capaces de nombrarlo. Lo que sí sabemos es que era inocente. Junto a él, también terminó la vida de un bebé de menos de un año. Ni siquiera sabemos a ciencia cierta si era hombre o mujer. ¿Se puede llegar más lejos en el horror en el que nos hemos aclimatado a vivir?

¿Cuántas fosas más habrá que encontrar para que esto cambie? ¿Cuántas soledades más habrán de construirse? Éstas son preguntas que no caben en una sociedad democrática y de derechos humanos, porque si nos acostumbramos a plantearlas, vamos a seguir andando sobre cadáveres.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos ha documentado, desde el año 2007, el “hallazgo” de más de mil 307 casos de fosas clandestinas donde han localizado casi cuatro mil cadáveres, de los cuales, en sólo alrededor del 10 por ciento, ha sido posible determinar su identidad. Se trata de seres humanos que perdieron todo, porque al negárseles el derecho a ser recordados, se les niega la posibilidad del recuerdo, el derecho de sus familias a saber dónde están y, sobre todo, el derecho a la justicia.

No tenemos palabras para describir y mucho menos explicar lo que pasa aquí, menos aún tenemos las instituciones y los protocolos de atención institucional que se requerirían para reaccionar e intervenir frente a una tragedia de esta magnitud. Un Infierno bajo tierra, los mexicanos caminamos sobre cadáveres.

La existencia de este cementerio clandestino que se extiende por todo el país sólo se puede explicar por dos factores: la impunidad que gozan quienes ejercen violencia extrema contra la población y los migrantes y la complicidad entre los gobiernos y el crimen organizado. Esos factores se han observado como un patrón en los estados afectados.

La Comisión de la Verdad, que pretende crearse en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador para indagar el caso Ayotzinapa, es una respuesta a 43 desaparecidos. ¿Qué vamos a hacer con los miles y miles que aparecen todos los días? ¿Cómo hacemos para entender lo que le pasó a un México, donde un niño de meses o de cuatro años termina como un despojo en un hoyo? ¿Cómo le vamos a explicar a la próxima generación qué tipo de país les entregamos? ¿Cuánto dolor podemos soportar?

Llevamos dos sexenios con una estrategia fallida, no por el Ejército, no por la Marina, sino por los políticos que no han combatido la corrupción, que han permitido el empoderamiento de los narcotraficantes. El legado de Calderón y de Peña son más de 200 mil muertos, miles de desaparecidos, desplazados, pero sobretodo el miedo, y la seguridad de que hoy en México mandan los malos, que hoy en México el terror supera cualquier película de ficción, que hoy en México los inocentes pierden contra los malos, porque los malos son protegidos por las propias autoridades.