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COLUMNAS: La Última...
Jesús Escobar
Jesús Escobar
Conductor de espacios informativos
abril 2, 2018

Never come back

No cualquiera puede gobernar un país, un estado, un municipio y salir bien librado, no se trata solo de honestidad, capacidad, sino también de salud mental, de estar preparado para ejercer el poder. Entender que lo importante no es el nombre sino el puesto.

Lamentablemente en México nos topamos con muchas historias de políticos que son rebasados, que pierden contacto con la realidad, uno pensaría que son unos cínicos, rateros, pero en muchas ocasiones va más allá, es una disociación de la realidad, realmente se creen sus mentiras.

Es muy fácil echarles la culpa a los equipos de trabajo, y efectivamente algo de responsabilidad tienen, pero al final quien decide es el titular del poder ejecutivo.

Un ejemplo reciente es Miguel Ángel Mancera, ahora ex jefe de gobierno, quien llegó al cargo con un 65 por ciento de aceptación popular, y casi el 80 por ciento de los votos, nunca se había dado un fenómeno de este tamaño. Hoy cuenta con la aprobación de sólo un tercio de los habitantes de la ciudad, muy por debajo de los niveles de popularidad que, en su momento, gozaron Cuauhtémoc Cárdenas (37%), Andrés Manuel López Obrador (62%) y Marcelo Ebrard (67 por ciento).

Nunca le dio crédito de su popularidad a la administración encabezada por Marcelo, además de la mediocridad de sus rivales en la contienda y el anti-priismo casi natural de la ciudad de México. No Miguelito creyó que él era el tlatoani salvador, llamado a tomar los zapatos de Churchill, Luis Suarez o Mandela, pero en el entonces DF.

Desde un principio se voló cuando los medios lo ubicaron como un suspirante natural a la Silla del Águila, y se le olvido que su principal tarea no era hacer relaciones públicos o conciertos en el Zócalo.

Comenzó la temida transformación, del procurador eficiente, abierto, estratega paso al jefe de gobierno vanidoso, fatuo, intolerante, necio.

Si nos quedamos en lo superficial diríamos que durante su gestión la ciudad cambió de nombre y estatus jurídico, estrenó imagen y se promovió como destino turístico a escala nacional e internacional. Abrazó una agenda progresista que incluyó políticas de inclusión para ser una ciudad gay friendly, avanzó en la modernización del transporte y asumió una política de movilidad que puso en primer lugar al peatón y en último al automóvil particular, además de endurecer el programa Hoy no circula. También respaldó la lucha feminista, promovió reformas a la regulación nacional de los salarios mínimos e impulsó una ambiciosa política inmobiliaria que, en el mediano y largo plazos, debería transformar la fisonomía de la Ciudad de México, pero…

La realidad es que mancera jamás pudo manejar la CDMX, el vació de autoridad se profundizó como avanzo su gobierno. Su agenda progresista fue recibida con indiferencia por una mayoría de habitantes más preocupados por temas como el aumento en la regulación y trámites burocráticos, la cada vez más notoria y descarada corrupción de servidores públicos, la creciente inseguridad, la escasez de oportunidades de empleo y la mala calidad de los servicios públicos, principalmente el transporte.

La cruzada contra el automóvil particular quedó más como un afán de desviar la atención y la responsabilidad. Los parquímetros que prometían impulsar el desarrollo de las colonias donde fueron colocados, así como las fotomultas, resultaron en una privatización de espacios públicos, cuyos réditos para los pobladores quedaron en promesas.

La defensa del salario fue más una bandera político electoral que un compromiso sincero. Pero el golpe final a la imagen de Mancera, llegó de su ambicioso proyecto inmobiliario. El sismo del 19 de septiembre terminó por desvelar las relaciones y redes de complicidad entre colaboradores cercanos al jefe de Gobierno y compañías constructoras a las que diversos medios y organizaciones denominan: la mafia inmobiliaria.

Mancera se caracterizó por su necedad a aceptar críticas, los mejores ejemplos de esto los encontramos en su ¨defensa¨ en el tema de la inseguridad. Todo era percepción, mala leche, sus pilares policiacos se venían abajo y el fingía no verlo. Su respuesta favorita fue echarle la culpa al sistema de justicia penal, tuvo 8 años para prepararse, de corrupción policiaca, de falta de preparación, de ministerios públicos impunes e improvisados, de jefes rebasados, ni hablar.

Fue delirante observar como no aceptó errores en la detención de una persona acusada de asesinato incluso después de que se probara que ese ciudadano estaba en el extranjero cuando se cometió el delito. O en el caso del joven Marco Antonio, que salió tarde y mal a cantinflear.

Datos oficiales del secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública muestran que, de diciembre de 2012 a febrero de 2018, periodo del gobierno de Mancera, se han denunciado en la ciudad 958 mil 210 delitos de todo tipo ante las agencias del Ministerio Público. Se trata de un promedio de más de 500 nuevos delitos cometidos en la capital, todos los días.

Si comparamos la cifra global de delitos denunciados en el periodo de Mancera con el total de delitos en el gobierno de Ebrard, en el mismo periodo (946 mil 200 casos), existe un incremento de la incidencia delictiva total.

Cedió el Centro Histórico para que se utilizara de estacionamiento del presidente, comió tortas en operativos federales contra maestros, impidió la protesta social en la plaza mayor, quiso regalar la avenida Chapultepec y nunca resolvió cabalmente el asesinato de un fotoperiodista.

Dejó sin arreglo, mecánico ni judicial, el fiasco de la Línea 12 y ofreció silbatos a quienes enfrentaban violencia machista. Prometió mejorar un Metro desbordado y los microbuses nunca dejaron de imponer su salvaje reino. De su tolerancia a un Invea discrecional, ni hablamos

Mancera una de las mayores decepciones de la política moderna, un ejemplo de cómo el poder envilece, transforma, y lleva al sapo más verde a creerse príncipe.