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Jesús Escobar
Jesús Escobar
Conductor de espacios informativos
abril 24, 2018

Una elección trágica

Más allá de los discursos gastados, los debates superficiales, las ocurrencias, que hemos visto en este proceso electoral, hay un dato que desnuda una realidad escalofriante, la penetración y brutalidad del crimen organizado.

En siete meses han sido asesinados 82 políticos, en cualquier lugar esto sería para alarmarse, pero en México estamos tan acostumbrados a la violencia, que lo vemos como una nota cualquiera.

Para nadie es un secreto que el crimen organizado y en particular el narcotráfico, su expresión más violenta, serán decisivos en las elecciones del 1 de julio próximo.

Así ha sido siempre. El dinero de la mafia circula en todas las campañas políticas, no existen controles por parte ni de los partidos ni del INE, mucho menos de los institutos locales.

El doctor Edgardo Buscaglia, por ejemplo, uno de los expertos internacionales en la materia, dijo en 2012 que el 55 por ciento de las campañas en México estaban infiltradas por el narcotráfico. Y en la actualidad ese porcentaje subió y puede rayar en el 80 por ciento.

¿Por qué han matado a estos 82 políticos? No lo sabemos a ciencia cierta, pero podemos especular con dos realidades, estás conmigo o contra mí, o eres parte de un grupo o eres de otro, en el caso extremo significas un peligro para ciertos intereses.

Los carteles quieren autoridades a modo. Gente suya en los puestos para controlar obra pública, luz, agua, policías, es decir territorio. Pero además esto viene a mostrar la enorme indefensión en que se encuentran miles de ciudadanos que aspiran a algún cargo.

Guerrero, Oaxaca, Puebla, EDOMEX, son las entidades con el mayor número de homicidios, zonas abandonadas por las autoridades, donde la inseguridad permea sin rubor alguno.

En Veracruz la historia no ha sido diferente. Muchos candidatos a presidentes municipales son miembros de Los Zetas y los actuales candidatos a gobernadores no lo ignoran. Pactan con ellos, aunque sepan que son narcos. Es el caso también de Morelos, donde medio estado es gobernado por alcaldes narcos y Graco Ramírez –quien se asume impoluto, aunque sea un vil corrupto –lo sabe y de sobra. El gobierno con el narco enquistado en el poder.

En Guerrero, por ejemplo, familias completas cuyos miembros ya fueron alcaldes o regidores y que pertenecen a algún partido, son criminales: o son miembros del cártel de Sinaloa o bien de Los Rojos o Guerreros Unidos, las organizaciones que operan dentro y fuera de esa entidad.

Sin olvidar el poderío de los cárteles de la droga legales, las empresas e instancias públicas y privadas que también generan beneficios a los líderes de la delincuencia y ante los que la voluntad ciudadana cede.

¿Qué han hecho autoridades federales? Puros discursos, y nada más, en realidad discriminan a los candidatos locales, que se las arreglen como puedan, una capitulación, una entrega del poder.

Ellos imponen su ley –la del gatillo –y a sangre y fuego imponen a sus candidatos, ganan elecciones porque disponen de todo el dinero de la mafia para ello.

Bien lo afirma Edgardo Buscaglia: en México no existe la democracia ni se está construyendo, como se afirma. En México lo que existe es una mafiocracia, un Estado mafioso.

Me ha sorprendido la manera en la que todos los candidatos presidenciales han eludido el tema que ha dominado la vida del país durante más de una década: la brutal violencia que aflige a amplios grupos de la sociedad mexicana.

El gobierno actual ha fracasado evidentemente en su política de seguridad, pues no solo no logró reducir la violencia desatada por la desastrosa política de guerra por Felipe Calderón durante su gestión, sino que acabó optando por hacer permanente la militarización de esas tareas, lo que hace doce años se anunció como una medida transitoria que se levantaría en cuanto se contara con los cuerpos civiles aptos para enfrentar al crimen con uso proporcionado de la violencia y con pleno apego a la legalidad.

Una elección trágica, sobretodo porque los que podrían cambiar las cosas, prefieren hacerse como tío lolo.