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COLUMNAS: Vaivén Político
Miguel Luna
Miguel Luna
Reportero y cronista radiofónico
julio 17, 2018

“Y cuando desperté el dinosaurio todavía estaba ahí, pero había cambiado de siglas”

Pejelandía

Erase un país en el que todo era amor y paz. La gente vivía verdaderamente feliz. Habían pasado ya dos lustros de aquella histórica elección, en la que el carismático líder social había arrasado y apabullado a sus rivales.

La mafia del poder no existía más, había desaparecido de la faz de la tierra, al igual que la minoría rapaz de empresarios ambiciosos. En esta nueva tierra no había clases sociales, ni ricos ni pobres sino todo lo contrario.

El salario de los altos funcionarios era prácticamente simbólico, no ganaban más que un obrero. Erase un país en el que se mantenía la austeridad republicana del gobierno y los servidores públicos trabajaban por el placer de servir al prójimo. La corrupción era ya un mito, una leyenda que las nuevas generaciones solo conocerían por los relatos populares.

Había escuelas suficientes para todos los jóvenes sin necesidad de presentar examen de admisión, aunque la mayoría prefería no estudiar ni trabajar; eran felices con su beca económica. Ser “nini” en estas tierras era un privilegio, al fin que al llegar a la tercera edad tenían asegurada su pensión de adultos mayores.

La economía crecía a tasas nunca antes vistas, la inflación se ubicaba casi en tasa cero y la paridad estaba más que controlada, un dólar costaba un peso. El litro de gasolina era casi regalado, al igual que el kilo de tortilla. Erase un país autosuficiente, producía todo lo que consumía, por lo que las tiendas de autoservicio y las plazas comerciales prácticamente habían desaparecido.

En estas “pejetierras”  los cárteles de las drogas eran cosa del pasado. Se habían extinguido. En lugar de amapola se sembraba maíz y frijol. En lugar de traficar cocaína vendían hortalizas. Las bandas delictivas se habían transformado en cooperativas agroindustriales. Ahora traficaban al exterior sus productos, pero lo hacían legalmente. Los cuernos de chivo y ametralladoras formaban parte de la colección del museo del holocausto mexicano.

Erase un país que era respetado a nivel internacional. Era el ejemplo a seguir por los mandatarios de otras naciones, otrora poderosas, pero que habían caído en desgracia.

En esta nación, las fuerzas políticas de oposición habían desaparecido casi en su totalidad. La mayoría de los militantes de estos partidos se habían unido al partido gobernante o estaban en el exilio. Los pocos que disentían del mandatario eran “linchados” verbal y públicamente. Era raro no estar de acuerdo con este gobierno y esta nueva República.

Erase un país que se preparaba para la tercera reelección “democrática” de su casi octogenario rey supremo; del soberano, dueño y amo de Pejelandía.

Por cierto…

Construcción o destrucción. El reciente derrumbe en la plaza Artz Pedregal dejo en evidencia la corrupción que existe en el otorgamiento de licencias de construcción en la ciudad de México. El gobierno central y las autoridades delegacionales han otorgado permisos a inmobiliarias a diestra y siniestra, para la edificación de lujosos departamentos o centros comerciales, los cuales pululan por toda la ciudad, incluso en algunos casos violando el uso de suelo. El cartel inmobiliario ha hecho de las suyas en este sexenio en la capital del país. El temblor del año pasado también demostró la negligencia de autoridades y empresas constructoras y para muestra otro botón; todavía no lo terminan de remozar y el centro comercial Galerías Coapa ya sufrió un incendio. ¿Qué tan seguros o inseguros son estos lugares de esparcimiento de los capitalinos?